A las 6:00 a.m., luces encendidas, sin opciones. No me explico bien tanto madrugar en primavera, cuando no es necesario empezar a caminar de madrugada para evitar hacerlo cuando el sol aprieta. Además, hemos quedado a desayunar a las 8:00 con nuestra familia (prefieren posada a albergue) en el mismo establecimiento donde cenamos la noche anterior. Así que, con calma...
El desayuno es razonablemente completo. El tiempo va a empeorar por la tarde, según la previsión meteorológica: al parecer lloverá en toda la península, lo queramos o no. Así que nos damos prisa y poco después de las 8:15 nos ponemos en marcha.
La temperatura es muy agradable y si bien hoy ya no llueve, nada es perfecto: largos tramos del Camino son puro barrizal, sobre todo cuando atraviesa obras. Lo queramos o no, el Camino no es una carretera: nadie está obligado a mantenerlo. A más de un político se le llenará la boca de la importancia que tiene, pero se le olvida que hay que cuidarlo. Así que el barro se convierte en el protagonista del día.
En el paisaje siguen predominando vides y cereales sobre todo, y de un verde robusto. Encontramos tanta gente como en verano e incluso más. Es lo que tienen los puentes. Antes de llegar a Cirueña encontramos la antítesis del Camino: un campo de golf (o, como reza el letrero, un golf club), coches de semilujo, chalets adosados y sin adosar, vacíos en su mayoría. Patético. Tras este desolador paisaje llegamos a Cirueña. En el pueblecito buscamos y encontramos el bar, donde reponemos fuerzas con unos pinchos de tortilla deliciosos. Retomamos al poco el Camino. Por casualidad, o quizá no, en este tramo nos pasan muchas bicis de montaña.
La etapa de hoy es más corta y pronto vemos la gran torre de Santo Domingo de la Calzada. No está cerca, pero alegra el espíritu. De hecho, los niños vienen canturreando canciones inventadas. Finalmente llegamos al regufio, donde tenemos delante medio centenar de peregrinos, prácticamente todos guiris. Uno se pregunta si es que acaban de abrir, aunque son las 13:30. Pero no: es que los que registran no tienen prisa, ni ganas, ni probablemente les importe mucho que las 50 personas que tienen delante lleven cinco o seis horas caminando. Seguro que no cobran por lo que hacen, pero ello no justifica que cada inscripción lleve dos minutos (es tomar tu nombre, tu número de identificación y darte un número de litera). Hora y cuarto esperando. De reloj. Pienso que los alemanes se asustan con semejante ineficiencia. Y la respuesta me la da una conversación entre un canadiense y un americano (creo):
- It's Sunday.
- It's Sunday and it's Spain.
Quede claro que me quedo con las ganas de sugerirle al segundo que haga el Camino de Santiago entre Quebec y Vancouver si no le gusta España, pero la verdad es que tiene razón y me callo.
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| Torre exenta |
En el patio del albergue, antigua Cofradía del Santo, hay un gallinero donde residen los gallos y gallinas que pasan, cada veinte días, a la Hornacina de la Catedral.
Solo llevamos dos días de Camino, pero las caras ya empiezan a sonarnos, en particular las de los cuatro cristianos nativos. Por la tarde, ya descansados, salimos para dar un paseo. En la calle nos mezclamos con los lugareños, vestidos de domingo, y los peregrinos, vestidos de todo menos de domingo. Disfrutamos de lo que el pueblo ofrece, pero decidimos no pagar por visitar la catedral. En contrapartida, hacemos fotos para aburrir y, aprovechando que para una misa abren las puertas, les enseñamos a los niños el gallo y la gallina.
Buscamos y encontramos un nuevo sitio para cenar, aunque no tan animado como el de la comida. Reconfortados, nos volvemos al albergue. Al final no ha llovido: el trabajo de los meteorólogos es como el de los médicos: si aciertan, bien; si no, mala suerte.


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