Retomamos el Camino con un cambio: esta vez somos siete. Lo que no cambia son los agasajos con que lo dejamos allá por Julio. Y es que el día empieza con el fantástico (y nada imprevisto) desayuno preparado por Cristina. Aún más: por si nos parecía poco, tenemos listos siete bocadillos de aúpa para darle paz al cuerpo cuando las fuerzas empiecen a flaquear. Da pena dejar Logroño y dejar atrás tanto mimo.
Pero no queda más remedio. Porque además la predicción del tiempo es impeorable. Y así resulta ser. A los cinco minutos empieza a chispear. Es sábado, así que de camino hacia La Grajera nos encontramos multitud de corredores y paseantes. Y ya en el laguito, pescadores. Movimiento y calma, como el Camino mismo.
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| Cruces en el km. 9 |
Los campos está preciosos, verdes, sanos. Vides y vides. Pero a estas altura ya no se disfrutan a causa de la maldita (también bendita) lluvia. Y se suma el viento a la fiesta. Llegamos a Ventosa. Es el momento de vaciar las botas de agua y dar cuenta de los bocadillos. En el bar nos tratan muy bien. Nos dejan incluso zamparnos los bocatas sentados a la mesa. Mientras tanto, venga llover. Así que nos tomamos un cafetito para ver si amaina. Pero no. Hoy no toca sol. No queda más remedio que enfundarnos en las capas y al turrón. Es el primer día, así que al menos no estamos cansados, sólo encharcados.
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| Albergue municipal de Nájera |
Tras acomodarnos y adecentarnos como valientes (no queda agua caliente, el calentador de 200 litros es insuficiente para tanta gente), escurrimos de nuevo botas y calcetines. El diluvio no ha dejado daños adicionales. Damos un paseo por Nájera y cenamos. Sigue lloviendo. El pueblo está en fiestas. El ruido rodea al albergue, pero dentro sólo hay un ruido... el previsto. A las 10:00, lights out.



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