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sábado, 28 de abril de 2012

Etapa 7: Logroño - Nájera (29 km.)

Retomamos el Camino con un cambio: esta vez somos siete. Lo que no cambia son los agasajos con que lo dejamos allá por Julio. Y es que el día empieza con el fantástico (y nada imprevisto) desayuno preparado por Cristina. Aún más: por si nos parecía poco, tenemos listos siete bocadillos de aúpa para darle paz al cuerpo cuando las fuerzas empiecen a flaquear. Da pena dejar Logroño y dejar atrás tanto mimo.

Pero no queda más remedio. Porque además la predicción del tiempo es impeorable. Y así resulta ser. A los cinco minutos empieza a chispear. Es sábado, así que de camino hacia La Grajera nos encontramos multitud de corredores y paseantes. Y ya en el laguito, pescadores. Movimiento y calma, como el Camino mismo.

Cruces en el km. 9
La lluvia va y viene, pero ya no son cuatro gotas. Camino de Navarrete cruzamos una verja cosida a cruces hechas con dos palitos. Miles. En Navarrete Bego identifica el restaurante en el que comimos la primera vez que hicimos el Camino, precisamente en el día y a la hora en que Induráin decidió bajarse de la bicicleta, dejando de ser el mejor ciclista para empezar a ser leyenda. Momento histórico.

Los campos está preciosos, verdes, sanos. Vides y vides. Pero a estas altura ya no se disfrutan a causa de la maldita (también bendita) lluvia. Y se suma el viento a la fiesta. Llegamos a Ventosa. Es el momento de vaciar las botas de agua y dar cuenta de los bocadillos. En el bar nos tratan muy bien. Nos dejan incluso zamparnos los bocatas sentados a la mesa. Mientras tanto, venga llover. Así que nos tomamos un cafetito para ver si amaina. Pero no. Hoy no toca sol. No queda más remedio que enfundarnos en las capas y al turrón. Es el primer día, así que al menos no estamos cansados, sólo encharcados.

Albergue municipal de Nájera
La lluvia no para, pero ya es casi indiferente. Al final aparece Nájera, a lo lejos: hay momentos en que incluso parece que se aleje. Cuando llegamos, vamos al refugio municipal. Dos observaciones: no hay problemas de plazas, pero es una sala única, lo que es garantía de una noche interminable de ronquidos. Y la segunda: tenemos la impresión, que acabará en obviedad, de que los extranjeros son mayoría absoluta.

Tras acomodarnos y adecentarnos como valientes (no queda agua caliente, el calentador de 200 litros es insuficiente para tanta gente), escurrimos de nuevo botas y calcetines. El diluvio no ha dejado daños adicionales. Damos un paseo por Nájera y cenamos. Sigue lloviendo. El pueblo está en fiestas. El ruido rodea al albergue, pero dentro sólo hay un ruido... el previsto. A las 10:00, lights out.

jueves, 7 de julio de 2011

Etapa 6: Torres del Río - Logroño (20 km.)

San Fermín. Nos levantamos poco después de las 5:30, hacemos la mochila y a eso de las 6:00 ya estamos listos para el desayuno. Poco (nada) elaborado, pero es lo que hay. Tres euros no dan para mucho más.

Como en días anteriores, me inflo a hacer fotos en los primeros compases de Camino. Casi hace frío. Creo que vamos tan rápidos como el primer día. Y así, casi sin notarlo, llegamos a Viana, donde nos damos a la bollería y la fruta para compensar el exiguo desayuno (para lo que es el estándar en desayunos que sigue mi familia).

El Camino es un constante saludar a peregrinos, conocidos y no conocidos: los trillizos, Vicente y el de Pontevedra, Acho el coreano, la señora de Bilbao, las sin mochila y un montón más. Logroño aparece a la vista muchos kilómetros antes de llegar. Aún así hay que innovar tácticas de entretenimiento para los pequeños: nos dedicamos a contar de uno a diez en todos los idiomas que se nos ocurren... pasando del italiano al árabe o del alemán al chino... por decir algo.

A unos tres kilómetros de Logroño cambiamos de Comunidad, así que toca hacer la bobada de estar en un mismo día ocho veces en Navarra y ocho veces en La Rioja... como cuando era crío e íbamos a Portugal en busca de café barato... hay cosas que no cambian.

El Ebro a su paso por Logroño
Llegamos al Ebro y lo único que se me ocurre es que es un buen sitio para un empezar un triatlón (qué vicio). Sellamos en el local de los Amigos del Camino y poco después alcanzamos el callejón de entrada al albergue. Hay cola, ya que aún no han abierto, así que nos despedimos de unos cuantos peregrinos conocidos y, salvo cambio de planes, nos despedimos del Camino hasta el año que viene.

Nos vamos a la estación de autobuses a por los billetes de vuelta. No queda lejos. La mejor opción es volver a las 17:30 con la compañía PLM (que suponemos que será algo así como Pamplona-Logroño-Madrid, y si no, ya es casualidad), así que decidimos llamar a la familia. Afortunadamente están y, como podíamos prever, nos ofrecen su casa para todo. Nos duchamos como Dios manda y nuestros familiares merecen y, por si fuera poco, nos invitan a una comida pantagruélica, muy alejada de la frugalidad cisterciense, pero merecida, qué narices.

El viaje de vuelta hacia casa en autobús recorre al principio buena parte del Camino hasta Burgos, lo que viene a ser como un visionado en cámara rápida de las etapas que, Dios mediante, viviremos el año que viene.