sábado, 13 de julio de 2013

Etapa 20: Astorga - Foncebadón (26 km.)

Como en la segunda fase, de Logroño a Burgos, comenzamos la última fase del Camino de Santiago siendo más de cuatro, cinco esta vez: nos acompaña nuestro sobrino Julián. Él ha llegado a Astorga con sus padres, y nosotros en autobús en categoría super fashion (supra economy). Es un autobús que no para hasta Astorga, muy amplio, con aseo, WiFi, agua mineral y frutos secos sin restricciones, pero hubiéramos preferido ser informados que desde la parada del aeropuerto hay que pasar por la estación Sur. De haberlo sabido, nos hubiera evitado numerosas molestias. En Astorga hemos reservado alojamiento en el hostal Coruña. Sencillo. Además, nos agasajan con una tableta de rico chocolate Alonso, de la que daremos cuenta al día siguiente.

Desayuno en Murias de Rechivaldo
Nos levantamos a las 6:00 y dejamos el hotel a las 6:30, con la idea de desayunar en el primer sitio que se pueda, si nos dejan. El primer sitio donde poder desayunar que encontramos es un pequeño establecimiento en Murias de Rechivaldo. No es nada barato, pero la señora, que atiende a los peregrinos un poco atacada de los nervios, le explica a un peregrino que todo es orgánico y muy sano. La vemos tan ocupada, que yo pongo la mesa y Bego hace los zumos.

Estamos frescos, con las pilas recargadas y aún no hace calor, así que a buen ritmo dejamos atrás el desvío de Castrillo de los Polvazares. Cuando estuvimos la primera vez ya me pareció excesivamente adornado para una zona tan pobre como la Maragatería, lo que hace que nuestro interés por entrar sea nulo. No apreciamos que haya muchos más peregrinos que en las fases anteriores. Por ahora... Eso sí, sigue habiendo bastantes más extranjeros que españoles.

Roble del Peregrino
Atravesamos la localidad de Santa Catalina de Somoza y más adelante, en El Ganso, nos damos un respiro al lado de la iglesia. Hay fuente. Con un cartelito que pide que cerremos el grifo. La iglesia, al menos por fuera, parece estar muy cuidada. Tras el breve descanso nos ponemos en marcha hacia Rabanal del Camino. Pocos árboles, mucho monte bajo. Antes de llegar hacemos parada durante unos minutos en el Roble del Peregrino (o carballo de Fonso Pedredo). No puedo evitar comparar el tamaño del tronco con el roblón de Cuestafría. Y me temo que, a pesar de su hermosura, claramente pierde el que tenemos delante.

La verdad es que todas las poblaciones que atravesamos, y en especial Rabanal del Camino han cambiado una barbaridad desde 1996, año en que las vimos por primera vez. Recuerdo que entonces nos comimos un bocadillo en un pequeño bar de pueblo, con cuatro sillas y ningún tipo de lujo (al contrario, más bien). Ahora está lleno de albergues y restaurantes. Ojalá sea así por mucho tiempo.

Frente a un bar, Esti y yo nos acercamos a mirar un loro, que nos dice "soy un perro, guau, guau" (verídico), con lo que nos deja estupefactos. Tras un breve descanso a la sombra de la iglesia, emprendemos la marcha para afrontar el último tramo del día, hasta Foncebadón, con la peor combinación posible: calor y cuestas. Poco a poco, aprovechando varias fuentes para refrescarnos, Foncebadón acaba llegando.
Sigue siendo un pueblo pobre, pero si comparamos la fotos de hace 17 años con lo que vemos hoy, también aquí el cambio, como decía antes, es notable. Nos alojamos en el albergue Monte Irago (o de los hippies, según nos indican más tarde, entiendo que cariñosamente). Reservamos cena y comemos (pantagruélicamente) en un restaurante "temático", lo que resulta ser mala idea. Y es que se nos olvidaba que los horarios en El Camino son "europeos": hemos comido con horario español y tenemos que cenar con horario europeo. Lo dicho: demasiada comida en poco tiempo. Pero la cosa no va a mayores.

Tejado cubierto de granizo
El albergue es correcto. A las 17:00 se inicia una granizada de aúpa. Dura cerca de media hora. Y luego sigue lloviendo y no podemos salir del albergue. Toca hacer ejercicios de estiramiento bajo la supervisión del alberguero italiano, el cual, en un español mejorable nos invita a una clase de yoga a las 8:00 del día siguiente. La temperatura exterior ha debido caer por debajo de 15 grados (Celsius); no está mal frente a los 36 grados (Celsius) de ayer en casa... Más pronto de lo previsto nos vamos al colchón (en el suelo), mientras un individuo vocea (él cree que canta) acompañado de una guitarra en el piso de abajo. Seguramente piensa que agrada el pobre hombre. Pero a eso de las 10:00 cierra la boca, y nosotros los ojos.

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