sábado, 20 de julio de 2013

Etapa 27: Ventas de Narón - Melide (28 km.)

Tras una noche sin sobresaltos, apartes de los ataques premeditados a Bego de los mosquitos del lugar, repetimos la rutina matutina y a las 6:25 ya estamos en medio de la oscuridad, con una linterna de risa, que al menos no gasta pilas. Y una vez más, niebla. Pero la verdad es que El Camino no tiene pérdida.

Base del crucero de Lameiros
Pronto alcanzamos Ligonde, a cuya entrada se encuentra el precioso crucero de Lameiros. Merece la pena contemplar los lados de su base, que representan objetos alusivos todos al calvario y la muerte de Jesucristo, y la parte superior, de doble cara, con Jesús crucificado y la Virgen de los Dolores, uno a cada lado. En el pueblo también pasamos por la Casa de Carneiro, donde se al parecer se alojaron Carlos V y Felipe II, en momentos diferentes, camino de tomar barcos para ser coronado el primero y casarse el segundo.

En el pueblecito de Airexe desayunamos en una cafetería que encontramos frente al albergue. A la salida coincidimos con una extensa familia de mi pueblo natal y corredores ellos. Conversamos durante unos minutos y finalmente nos separamos definitivamente, pues la distancia media que recorren al día es muy inferior a la nuestra. La temperatura es excelente para caminar y el trazado sigue invariable: subir y bajar constantemente, rodeados de vegetación por todas partes. Vamos tan entretenidos que se nos pasan el mojón de los 70 kilómetros unos 300 metros y tengo que retroceder para no dejar la colección coja.

Dejamos a un lado el desvío a Vilar de Donas, que algún día habrá que visitar. Y llegamos a Brea, donde recorremos un pequeño tramo por carretera. Desde aquí queda poco para llegar a Palas do Rei. Empezamos a encontrar grupos nutridos de escolares peregrinos. Podían estar en Benidorm o en la serranía de Cuenca, pero toca Camino de Santiago. Como muchos de ellos no siguen un ritmo constante, nos adelantan y les adelantamos. Y como son muy educados y todos hemos venido a divertirnos nos exigen desearles "Buen Camino" cada vez que nos cruzamos. A cambio, una de cada dos palabras que pronuncian es un taco y van destrozando con palos la vegetación de los lados de El Camino.

Aunque nos apetece desayunar, se ve que la hora a la que cruzamos Palas do Rei no da pie a mucho más. Localizamos la pulpería que nos recomendaron hace unos días, pero no encontramos ni donde tomarnos un café. Nos limitamos a sellar la credencial en la iglesia de San Tirso. Nuestros niños siguen pasando de nosotros, ahora ya en bloque. El Camino sigue siendo muy agradable, y la temperatura buena porque el sol no aparece.

Atravesamos San Sebastián del Carballal, San Julián del Camino y Casanova. En un momento determinado encontramos a un padre y su hijo, parados. Parece que el niño no aguanta mucho más. Nos preguntan por la distancia al siguiente pueblo. Está claro que no han planificado bien la etapa. Le damos al chaval una barrita energética, que seguro que le vendrá bien. Quince minutos después llegamos al bar de la aldea de Campanilla. Dada la dispersión de casas, es imposible saber bien dónde estás hasta que llegas a un núcleo medianamente poblado o hasta que preguntas. La señora del bar, por cierto, es un encanto.

Cabazo
Los niños nos estaban esperando, pero tras reponer fuerzas y continuar andando, vuelven a demarrar y volvemos a perderlos de vista en pocos minutos. Va a haber que restringirles el cola-cao. De hecho pasan por Leboreiro sin prestarle atención al cabazo (el enorme canasto utilizado para almacenar maíz) que hay al borde mismo de El Camino, y mucho menos a la preciosa iglesia de Santa María, románico de transición, donde nos sella la credencial un cura la mar de simpático. Poco después cruzaremos el río Furelos para entrar en San Juan de Furelos.

San Roque (Melide)
Desde aquí ya no queda nada para llegar a Melide. Decidimos alojarnos en el céntrico albergue O Cruciero. La verdad es que el albergue está razonablemente preparado. De hecho nos ofrecen una habitación para cinco personas. Sin embargo, la valoración final será inevitablemente negativa. Tras asearnos, acudimos a tomar pulpo en Ezequiel, como hace diecisiete años. Como ya nos habían avisado, ya no se parece en nada, ni en calidad ni en cantidad. No es que comamos mal, pero no tiene nada que ver lo de entonces y lo de ahora. Personalmente salgo defraudado, a pesar del aviso. Volvemos al refugio para lavar la ropa y después vemos la etapa del Tour: Contador pierde la tercera plaza.

Por la tarde, además hacer algunas fotos y la rutinaria compra y preparación de la cena en el albergue, me doy un paseo para intentar localizar la ubicación del punto kilómetrico 50, que no nos quedaba claro si había quedado antes o estaba después del albergue. Está después: lo fotografiaremos mañana al poco de empezar.

Desgraciadamente por la noche comprobamos que es imposible abrir las ventanas para que entre el fresco de la noche porque el ruido no para durante toda la noche, porque es zona de copas. Lo que se traduce en calor. Aunque lo peor es que varias peregrinas deciden estar de charla hasta entrada la madrugada, saltándose la norma de guardar silencio, fumando en el interior del refugio, saltándose la ley que lo prohíbe. Afortunadamente para ellas yo no me enteré y mi mujer no me quiso despertar...

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