martes, 16 de julio de 2013

Etapa 23: Villafranca del Bierzo - O Cebreiro (28 km.)

Suena el reloj a las 5:30. Como en las fases anteriores, hemos ido adelantando la hora de levantarnos hasta llegar a esta insana hora, tope en todo caso. En esta etapa hay una razón para hacerlo, y es que el número de plazas del albergue en O Cebreiro es relativamente bajo. Lamentablemente hay que hacer algo que me parece absolutamente contrario al espíritu de la peregrinación: darse prisa. Pero vamos con tres niños y no nos gustaría que nos hagan hacer kilómetros adicionales tras una etapa tan dura. Y a punto estamos...

Viaducto de la autovía A-6
La mañana nace fresca, pero no fría. Dejamos Villafranca del Bierzo por la ruta habitual (la que sigue la antigua carretera nacional VI). Las calles, como ya hemos comentado más de una vez, están vacías de lugareños. Si ves a alguien, es un peregrino casi con total seguridad. El valle que recorremos, creado por el río Valcarce, es bastante cerrado, y en él conviven carretera y Camino, cruzando por encima de ambos varios viaductos de la moderna autovía A-6. Tras los primeros kilómetros se alternan el arcén (protegido con una barrera de bloques de cemento) y preciosos tramos boscosos de gigantescos castaños y árboles de ribera.

Madera en Trabadelo
A la hora de haber empezado y al final de unos de esos tramos arbolados alcanzamos la localidad de Pereje. Esta localidad y la siguiente al menos parecen encajonadas entre El Camino y la antigua nacional. Además, se intuye que su principal fuente de ingresos sea la madera, a juzgar por la maquinaria que encontramos y los apilamientos de troncos y madera cortada que vamos encontrando. El siguiente pueblo es Trabadelo; es buen para momento para desayunar, cosa que hacemos en el bar del albergue.

Según he leido, lo estrecho de esta valle facilitó al señor feudal de turno cobrar un peaje a los peregrinos. Es decir, extorsión pura y dura, concretamente a la altura de Portela de Valcarce. El rey Alfonso VI tuvo que poner orden y no le debió resultar fácil. Sinvergüenzas siempre ha habido, los hay y siempre los habrá. Lo que sigue es una sucesión de localidades (Ambasmestas, Vega de Portela -la que goza claramente de mayor actividad-, Ruitelán) en las que El Camino apenas asciende. Después vendrá Las Herrerías (nombre nada metafórico: llegó a haber cuatro), desde donde nos desviamos al barrio de Hospital (que recibe el nombre de un antiguo hospital para peregrinos ingleses creado por algún miembro de los Plantagenet). En este lugar rellenamos cantimplora, antes de comenzar el ascenso a O Cebreiro.

Como en una etapa ciclista, los niños aprovechan el parón para escaparse. Las primeras rampas son suaves y aprieto el paso, como buen escalador. Hay un momento en que ya no veo peregrinos... y es que me he pasado el desvío hacia La Faba. Afortunadamente desde atrás me avisan a tiempo. Entramos en un camino bastante sombreado que enseguida se pone cuesta arriba. Pocas bicis se atreven, y o paran a menudo o se bajan y empujan. Al llegar a La Faba me confirman que los niños van por delante, que ya empezaba a dudarlo. Desde aquí empieza una nueva rampa hasta Laguna de Castilla, el último pueblo de Castilla y León. Dos kilómetros después ya estamos en Galicia, en la provincia de Lugo, la primera de las dos que atraviesa El Camino en esta última comunidad.

Palloza en O Cebreiro
El albergue de O Cebreiro es moderno, pero su capacidad es escasa. Se ve que es mejor aprovechar el espacio para crear una especie de pueblo chulo para turistas (con tiendas de souvenirs, etc.) Cuando llegamos nos dan cinco de las últimas plazas. Es mucha la gente que no se puede alojar y tiene que buscarse una alternativa. Lo que molesta especialmente es que dejan alojarse a varios ciclistas (que podían tirarse cuesta abajo y alcanzar tres albergues en media hora) y rechazan a multitud de peregrinos a pie.

Después de la ducha, decidimos comer en Carolo, el mismo sitio donde comimos tan gratamente, y con tan innovidable recuerdo, la primera vez que hicimos El Camino. Tomamos un menú excelente, nada ha cambiado. Y con un vino muy aceptable. De igual forma, las cantidades, como entonces, no dan pie a decir que te has quedado con hambre a ningún ser normal.

De vuelta al albergue lavamos la ropa (me sé de dos que básicamente ponen buena intención, pero sin grandes resultados); después intentamos usar la secadora, que se queda con nuestra dinero sin dar nada a cambio. Y por si fuera poco, después vienen la lucha por encontrar sitio en algún colgador y los malabarismos para colgar diecinueve prendas con nueve pinzas y unos cuantos imperdibles.

Realizamos la compra de la cena en el palloza-supermarket montada al efecto para el servicio de los peregrinos y algún que otro turista. Más tarde, debidamente pertrechados nos dirigimos al comedor, precioso él, pero sin un cubierto, sin un vaso, sin un... ello explica que la madre francesa y su hijo se estuvieran comiendo los fideos con las manos.

Cada vez me gustan menos los albergues con salas enormes, como esta. Y nuevamente conseguir cargar la batería del móvil es misión complicada. Pero nada es imposible y las rayitas aparecen finalmente. Como de costumbre, a las 10:00 ya estamos en posición horizontal.

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