Una mañana más nos levantamos especialmente pronto (5:35), ya que la etapa no es precisamente liviana y hay que aprovechar el fresco de la mañana al máximo. Tras preparar las mochilas y las curas y protecciones en los pies diarias, nos ponemos en camino a las 6:25. Además de la hora, la niebla es considerable, así que la visibilidad es escasa. Nos acompaña a pocos metros la coreana que no habla. No es la primera peregrina oriental que vemos con iluminación trasera... debe ser costumbre, demasiada casualidad.
La primera parada que realizamos es para desayunar, en un barecito de Morgade. Nos atiende un joven bastante (excesivamente, es más acertado) serio. Como hemos confirmado que es más que recomendable en estas etapas finales sellar al menos dos veces en cada etapa, la fiebre del sello nos hace echar cuentas y planificar: nos podemos permitir hasta cinco al día. Y con este planteamiento añadimos hasta el sello de lo que parece una especie de comuna hippie que nos encontramos en los primeros kilómetros. Después compartimos varios kilómetros con una pareja madre-hija que va a buen ritmo, nos separamos al detenernos a poner otro sello en el bar de Vilachá y no volveremos a encontrarnos ya.
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| Km. 100 |
Los niños siguen por delante, pero nos reagrupamos antes del famoso mojón de los 100 kilómetros, lleno de pedruscos, andrajos y pintarrajos (perdón, piedras, recuerdos y grafitis). Nos reencontramos con la coreana, que resulta que habla, aunque solo unas palabras: photo, press here, please y thank you. Nosotros aprovechamos el trípode para hacernos también una bonita foto familiar. A partir de aquí empezará la búsqueda y captura de los mojones kilométricos múltiplos de diez. Toda esta parte de El Camino es un constante disfrute de paisajes campestres, entre bosques de castaños y robles, sobre todo. Haberla hecho en bici en 1996 nos privó de semejante disfrute y de paso nos quedó una idea equivocada. Sin embargo, ahora nos parece que es de las partes más hermosas de todas las que hemos recorrido.
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| San Nicolás (Portomarín) |
Tras cruzar el embalse de Belesar llegamos a Portomarín, donde decidimos darnos un respiro visitando su curiosa iglesia fortaleza de San Nicolás. Esta iglesia y la de San Pedro fueron trasladadas desde su emplazamiento original antes de quedar inundado el núcleo de población bajo las aguas del pantano. Además de sellar la credencial, reponemos fuerzas. Ya de vuelta pedimos permiso para que nuestra pequeña use el servicio (no nos atreveríamos a pedirlo para nosotros) y nos echan la charla de que es solo para clientes y que si compramos la coca-cola en el supermercado y bla, bla, bla... ¿qué coca-cola? ¿qué supermercado? Lamentable, con una niña y en El Camino de Santiago. Bar Supenedo. Tranquilo, que no molestaremos nunca más.
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| Hórreo en Toxibo |
Son las 11:30 de la mañana cuando reemprendemos camino hacia Gonzar. Cruzamos el puente sobre el Rego das Torres. Ya empieza a apretar el calor y empezamos con una fuerte subida (monte San Antonio), pero afortunadamente predominan las sombras. Eso sí, ni pizca de agua. Un par de peregrinas ven mejor idea subir ¡por la carretera! y luego se sorprenden de que hayamos llegado al mismo tiempo. En Toxibo no hay demasiado que ver, salvo un bien cuidado hórreo de piedra y madera. Los tramos de sol se alternan con tramos de sombra que se agradecen infinitamente.
Cuando llegamos a Gónzar nos faltan dos unidades. Afortunadamente (para ellos) han parado al final del pueblo. De lo contrario habrían tenido que comer raíces porque era Gónzar es el único lugar donde parar a comer antes de llegar al destino. El menú de Casa García resulta aceptable y el trato excelente. Algo menos cansados y pertrechados de agua afrontamos los calores y cuestas de los últimos cinco kilómetros de esta larga y dura etapa.
Llegamos por fin a Ventas de Narón, donde nos alojamos en el albergue privado Cruceiro. Nos ofrecen una habitación para ocho o diez peregrinos, pero finalmente la ocupamos nosotros solos. La tarde transcurre según la rutina habitual: lavamos (la ropa se seca enseguida, gracias al calor y el viento), cenamos (sin pena ni gloria) en el bar del albergue y la única curiosidad que nos saca del la rutina son los mugidos de una vaca, que da la impresión de que duerme en la habitación de al lado. Afortunadamente, la vaca se tranquiliza antes de apagar la luz y podemos dormir de un tirón.




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