domingo, 14 de julio de 2013

Etapa 21: Foncebadón - Ponferrada (27 km.)

La pasada ha sido una de las noches con menos ronquidos que recuerdo de todo El Camino. Salimos en tropel de nuestro refugio y poco a poco se unen peregrinos de otros refugios, alguno especialmente impresentable (señoras mayores: no son horas de gritar y canturrear; abanderado anacrónico: ya eres mayorcito para hacer el tonto). No sé, tengo la impresión de que hay que peregrinar con alegría y buen ánimo, pero sin dañar al "ecosistema peregrinatorio".

Nos hemos abrigado, pero en realidad apenas hace frío. En un rato llegamos a la Cruz del Ferro. Según la guía, es el punto más alto de El Camino. Más parece una macrofiesta que un lugar emblemático. No recuerdo que hace 17 años nadie se subiese hasta la base visible de la cruz, pero ahora hay cola para hacerlo. Son los primeros síntomas de que El Camino se está convirtiendo en un parque temático.

Albergue de Manjarín
Seguimos el descenso hacia la hoya de El Bierzo, con las cumbres de los montes de León y la Cordillera Cantábrica al fondo, donde aún quedan neveros. La siguiente parada es el refugio de Manjarín, que sigue regentado por Tomás, el templario guardián de El Camino. No ha dejado de ser un lugar especial, aunque parece mejor acondicionado. Incluso parece tener un mayor número de banderas y estandartes. Pasamos a sellar y Bego charla un rato con el alberguero, quien además de darnos los consejos de seguridad habituales nos comenta que tiene familia en Azuqueca de Henares, casi vecinos...

Proseguimos la marcha al tiempo que reponemos fuerzas con los restos de la tableta de chocolate con la que nos obsequiaron en Astorga y unas cuantas piezas de fruta. Recorridos ya 11 kilómetros de fuerte descenso llegamos a El Acebo. Al pueblo le va bien, no hay más que ver cuánta casa reconstruida hay. No me parece, sin embargo, que esté muy a la altura de los peregrinos: poco donde elegir y caro. A la salida del pueblo está el desvío a Compludo, lugar remotamente emparentado con nuestro pueblo y que algún día tendremos que visitar. Seguimos hasta Riego de Ambrós, pueblo no muy diferente al anterior: una calle principal en bajada con casas de piedra y poco más que ofrecer. Aquí decidimos descansar unos minutos y refrescarnos en una fuente al pie de la ermita de San Sebastián, donde hemos parado a sellar las credenciales.

Puente romano de Molinaseca
El descenso continúa hasta Molinaseca. Allí sigue su precioso puente romano sobre el río Meruelo y la playita donde refrescamos los pies cuando hicimos El Camino en bici. El puente se prolonga por la calle Mayor, que tiene varias casas blasonadas. También ahora paramos a descansar y refrescarnos al pie del puente. Elegimos un lugar apartado del ocupado por unos borrachos del pueblo (que entre ellos parecen responder al calificativo de chipirón, a juzgar por el sucedáneo de conversación que mantienen). Y menos mal que descansamos, porque los 8 kilómetros que restan hasta Ponferrada son llanos, feos y aburridos, pero sin duda ideales para el cultivo, dado el microclima de que goza este valle.

Albergue de Ponferrada
A las 13:30 llegamos al refugio de Ponferrada (Pons ferrata). Es obvio que está muy bien gestionado y mantenido, con múltiples habitaciones, muchas duchas, lavaderos y tendedero. Nos aconsejan sellar con más frecuencia (sin problemas: se hará). Tras ducharnos nos acercamos a comer a una pizzería en el centro. La verdad es que no me acordaba demasiado de cómo era Ponferrada, solo del castillo, pero lo que veo me gusta. Hace calor y nos volvemos al refugio a descansar. Al entrar vemos cómo una familia completa que llega en coche se aloja en el albergue. Es seguro que solo el que parece ser el padre está haciendo El Camino. Sin comentarios.

Igual que ayer, tras el descanso vuelve a llover, y se agradece por lo mucho que refresca el ambiente. Nos mojamos un poco cuando salimos a hacer la compra. La tienda (Dragonte se llama) es sencilla, y aunque es domingo y es quizá lo único abierto, es obvio que no es de esos sitios que se aprovechan de los peregrinos. Después damos un último paseo más tranquilo por la localidad, reconocemos el trazado a seguir, compramos unos helados y rodeamos completamente el castillo, antes de cenar y finalmente acostarnos. Compartimos habitación con la señora francesa y su hijo.


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