San Fermín. Nos levantamos poco después de las 5:30, hacemos la mochila y a eso de las 6:00 ya estamos listos para el desayuno. Poco (nada) elaborado, pero es lo que hay. Tres euros no dan para mucho más.
Como en días anteriores, me inflo a hacer fotos en los primeros compases de Camino. Casi hace frío. Creo que vamos tan rápidos como el primer día. Y así, casi sin notarlo, llegamos a Viana, donde nos damos a la bollería y la fruta para compensar el exiguo desayuno (para lo que es el estándar en desayunos que sigue mi familia).
El Camino es un constante saludar a peregrinos, conocidos y no conocidos: los trillizos, Vicente y el de Pontevedra, Acho el coreano, la señora de Bilbao, las sin mochila y un montón más. Logroño aparece a la vista muchos kilómetros antes de llegar. Aún así hay que innovar tácticas de entretenimiento para los pequeños: nos dedicamos a contar de uno a diez en todos los idiomas que se nos ocurren... pasando del italiano al árabe o del alemán al chino... por decir algo.
A unos tres kilómetros de Logroño cambiamos de Comunidad, así que toca hacer la bobada de estar en un mismo día ocho veces en Navarra y ocho veces en La Rioja... como cuando era crío e íbamos a Portugal en busca de café barato... hay cosas que no cambian.
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| El Ebro a su paso por Logroño |
Llegamos al Ebro y lo único que se me ocurre es que es un buen sitio para un empezar un triatlón (qué vicio). Sellamos en el local de los Amigos del Camino y poco después alcanzamos el callejón de entrada al albergue. Hay cola, ya que aún no han abierto, así que nos despedimos de unos cuantos peregrinos conocidos y, salvo cambio de planes, nos despedimos del Camino hasta el año que viene.
Nos vamos a la estación de autobuses a por los billetes de vuelta. No queda lejos. La mejor opción es volver a las 17:30 con la compañía PLM (que suponemos que será algo así como Pamplona-Logroño-Madrid, y si no, ya es casualidad), así que decidimos llamar a la familia. Afortunadamente están y, como podíamos prever, nos ofrecen su casa para todo. Nos duchamos como Dios manda y nuestros familiares merecen y, por si fuera poco, nos invitan a una comida pantagruélica, muy alejada de la frugalidad cisterciense, pero merecida, qué narices.
El viaje de vuelta hacia casa en autobús recorre al principio buena parte del Camino hasta Burgos, lo que viene a ser como un visionado en cámara rápida de las etapas que, Dios mediante, viviremos el año que viene.


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