A las 6:00, todos arriba. Somos los últimos de la habitación. Hasta los conichiguas se han pirado. Desayunamos en el albergue, según lo previsto.
Ya de camino, marcha total durante los primeros kilómetros: la pequeña y el que suscribe canturrean canciones de todo género y época entre campos de girasoles. Probablemente gracias a ello, la subida hacia el Alto del Perdón parece menos dura de lo que la pintan para el rosario de peregrinos que allí coincidimos. Algunos (los vascos) parece que llevan prisa. En el Alto nos hacemos varias fotos con el curioso monumento que allí hay.

Cuando estamos reponiendo fuerzas llega una furgoneta conducida por un individuo de color y nos entrega propaganda de uno de los refugios de Puente la Reina. Me parece un poco triste... o quizá no. Empezamos a descender por un pedregal sumamente incómodo, tras el cual vamos atravesando un pueblo tras otro, con escasas paradas. El resultado es que a las 12 estamos llegando al destino de la jornada, pero fundidos. A lo que contribuye haber desayunado tan pronto.
Llegamos a Puente la Reina y nos vamos directos al refugio recomendado por Maribel. Es un cámping pasado el puente y tras una considerable cuesta arriba. De hecho es el que anunciaba el personaje del Alto del Perdón. Ciertamente todo está en buen estado y resulta agradable. El que nos atiende, eso sí, es un borde de cuidado. Da la sensación de que te hace un favor cuando te atiende. Descansamos un poco y decidimos comer de menú, seguido de una merecida siesta.

A las 18:30 nos bajamos al pueblo, hacemos las fotos de rigor y compramos la cena y el desayuno del día siguiente. Mi señora está fastidiada por los excesos del día, yo sigo con mis gemelos cargados, pero los pequeños no solo no se quejan: no paran. De vuelta al cámping-albergue disfrutamos del hermoso y emblemático puente medieval. La cena sabe a gloria y volvemos a dormir como auténticos lirones una noche más.
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