A las 6:30 nos ponemos verticales. Somos casi los primeros y nos toca hacer la mochila con una linterna. Meida hora después estamos en el comedor, tomando el desayuno que compramos ayer: es suficiente, pero no es de peregrino profesional (¡ni tostadas, ni cruasanes, ni donuts de chocolate!).
Empezamos a andar a las 7:40. Salimos de Belorado y cruzamos enseguido el río Tirón. El camino que nos lleva hasta el primer pueblo, Tosantos, está especialmente bien acondicionado durante los cuatro kilómetros aproximados que tiene. La temperatura y el paisaje son tranquilos. En poco tiempo llegamos a Villambistia, donde, según nos cuentan más tarde, existe un buen alojamiento.
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| Ruinas del Monasterio de San Félix |
Atravesamos campos y los restos del monasterio mozárabe de San Félix, donde al parecer fue enterrado el fundador de Burgos, para llegar enseguida a Villafranca Montes de Oca. Allí sellamos, renovamos el agua y empezamos la cronoescalada rodeados de jóvenes ciclistas nacionales y ancianetes andarines extranjeros. Una vez arriba, en la Fuente de Mojapán, encontramos unas mesas donde nos zampamos los bocadillos con auténtico placer. No llevamos más: si no cazamos algo, tendremos que aguantar con ellos hasta la hora de la comida.
El Camino que resta hasta San Juan de Ortega es largo y monótono. La riada de peregrinos le resta paz a la peregrinación. La monotonía es rota por un monumento erigido allí en recuerdo de los fusilados en aquel lugar en 1936 por esbirros del enano. En cada lado tiene unos preciosos versos de Miguel Hernández. La verdad es que los criminales no eligen muy bien los sitios para asesinar a los que no piensan como ellos, pero es bueno recordarlo, para que nunca más vuelva a suceder.
Los pinos y los robles se suceden hasta que finalmente avistamos San Juan de Ortega. Allí volvemos a sellar las credenciales, descansamos un rato y ya no paramos hasta el destino del día: Agés. Dada la masificación del Camino, nos vamos ya acostumbrando a reservar, algo que nunca hicimos la primera vez: reservamos en el Pajar de Agés, que es un refugio pequeño, pero muy agradable. Al llegar, dejamos las mochilas y nos vamos a llenar la panza, que es tarde. El menú nos deja satisfechos, el vino aún más (a mi, claro, no a los niños).
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| Agés |
Antes de cenar, nos damos un último paseo por el pueblo para bajar la cena. A la vuelta cojo un ejemplar (gratuito) del libro Hercólubus o Planeta Rojo, escrito por un individuo llamado V.M.Rabolú. Es un disparate tal que nos trae un sinfín de risas hasta la hora de dormir. Son las 22:00.



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