Son las 5 y media. Nos despertamos remoloneando, sin demasiadas ganas, y es que hemos disfrutado de una noche de perfecto y merecido descanso. El desayuno está listo y en cuarenta segundos y en nuestros estómagos en quince minutos. Así que bien pronto estamos pateando León, rodeados de mozos y mozas que vuelven de la fiesta local. Por cierto, una estadística a ojo: el porcentaje de borrachos es notablemente inferior que el presenciado en Burgos.
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| Convento de San Marcos |
Aún así, esta alternativa nos permite tener conocimiento de don Agapito, un personaje que obsequia a los peregrinos con galletas, caramelos, snacks, etc. No llegamos a conocerlo, pero solo por ese sencillo gesto le quedamos agradecidos (además, nos quedaba medio brick de leche que combina perfectamente con las galletas María Fontaneda). Rellenamos el estómago con unos cuantos panchitos y enfilamos hacia Villadangos del Páramo, siempre paralelos a la N-120.
Es una etapa bastante fea esta. Como siempre, el pueblo parece que se aleja cuanto más andas, pero al final lo alcanzamos. A la entrada del pueblo nos sentamos para darnos un respiro, antes de acometer el último tramo de la etapa. Mientras descansamos, vemos de todo: nos adelantan los minusválidos acompañados por los de la camiseta 42195.es, con los que ya coincidimos en Carrión de los Condes, por la carretera pasan varios camiones de largo especial, portando unos enorme depósitos curiosísimos, y también pasan media docena de corredores, que intuimos que están haciendo el Camino a la carrera (hace años me rondaba esta idea, ahora me parece una memez... lo siento, me hago mayor).
Y un último avistamiento de interés notable: un cartel que anuncia una tienda con dulces, bollería... pregunto y al poco nos encontramos frente a unas deliciosas napolitanas no industriales. Compramos y nos ponemos en marcha, y a los cinco minutos ya nos estamos arrepintiendo de no haber comprado más, de lo ricas que están. Sin mucha novedad, llegamos a San Martín del Camino.
Elegimos el albergue Santa Ana, en ausencia de criterio. Es normalito. Sigo sin entender que haya albergues sin ciertos detalles obvios: ¿dónde cuelgo la ropa limpia que me pondré tras ducharme? ¿dónde dejo la que me quito? ¿dónde dejo el champú? ¿en el suelo? Que haya que hacer malabarismos cada vez que te duchas es mal síntoma. O que vayas a tender ropa y no haya ni una pinza. Por lo demás, el menú está muy rico, las cerezas del cerezo deliciosas y las literas son de dos metros (no todas lo son).
Después del descanso vespertino, compramos la cena en la tienda local: no hay mucho que elegir y el pan se ha acabado en la panadería, pero queda lo suficiente para llenar el buche antes de meterse en el sobre.



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