lunes, 22 de julio de 2013

Etapa 29: Pedrouzo - Santiago de Compostela (20 km.)

Pedrouzo queda a algo más de 19 kilómetros de Santiago de Compostela, la meta geográfica de El Camino. Quizá por ello hoy nadie madruga tanto como hasta ahora. Somos muy pocos los que nos levantamos a las 6:00. Una vez más, he dormido tan bien que no he notado ningún ronquido. Seguramente algo tenga que ver el cansancio acumulado y, en particular, por la dura etapa del día anterior. Pero ronquidos haylos, como relata la pequeña. 

A las 6:45 nos ponemos en marcha sin desayunar. Ya desde el principio nos vemos constantemente acompañados de peregrinos, pero a medida que avance la mañana, lo que habían sido contactos esporádicos y encuentros ocasionales, se convierte en una riada. La Oficina del Peregrino dispone de una bonita página web donde publica unas excelentes estadísticas de la peregrinación: en julio de 2013, sin ser Año Santo, llegamos diariamente a Santiago más de 1.000 peregrinos. 

Aparte del incremento obvio de personas, en esta última etapa hay algo que no cambia en absoluto: la dificultad para encontrar sitios donde desayunar. El primero que encontramos es Cimadevilla, a los pocos kilómetros de empezar. El sitio es agradable y el desayuno aceptable. Eso sí, está abarrotado (si será así que es autoservicio) y el pobre camarero no da abasto con cafés y cola-caos. Aún así el bar no tiene nada de barato: me deja perplejo el anuncio de los tres menús disponibles: 12, 16 y 20 euros. Sin duda, precios especiales para peregrinos...

Tampoco varia el trazado que es común a todas las etapas desde que bajamos de O Cebreiro: subir y bajar entre bosquecillos, prados y plantaciones. Pero es evidente que paulatinamente el paisaje va dejando de ser rural para convertirse en urbano. Los puntos destacables ya no son aldeas, cruceiros, iglesias, ermitas o fuentes. Son el aeropuerto, las instalaciones de la televisión gallega, las de RTVE, etc.

Los mojones kilométricos tan entretenidos que nos acompañaban desde la entrada en Galicia, hace cerca de 150 kilómetros, desaparecen a partir del 12, lo cual nos deja coja la colección de mojones múltiplos de 10 (nada que no pueda arreglarse con The Gimp si fuera necesario), pero nos deja cierta frustración. El día sigue nublado, como los anteriores, cuando nos acercamos al Monte do Gozo, donde estuvimos alojados en nuestra primera peregrinación. Aprovechamos para hacer fotos del lugar y sellar las credenciales. Desde aquí el descenso hacia Santiago es cómodo y encontrar nuestro refugio (Fin del Camino) no resulta complicado. Como esperábamos, muy bien acondicionado y tranquilo.

Nos instalamos por última vez y una vez aseados, dada la hora, nos vamos a llenar el estómago antes de ponemos en marcha para cubrir los últimos dos kilómetros de la peregrinación. Entramos al casco antiguo por la Puerta del Camino hacia la calle de la Azabachería. Santiago de Compostela es una ciudad preciosa. La actividad siempre es incesante, pero dentro de dos días se celebra el Día de Santiago (en ese momento nadie pensaba que pudiera suspenderse, como hubo de hacerse a causa del accidente de tren).

Por fin llegamos a la Plaza del Obradoiro. Después de admirarla una vez más, nos vamos a recoger las compostelas, ese bonito documento donde queda constancia, con tu nombre en latín, de que has cumplido el objetivo que te fijaste en su momento (hace dos años, en nuestro caso). Al día siguiente asistiremos a la Misa del Peregrino, como broche de esta segunda peregrinación a Santiago de Compostela.

Este es el fin de este blog. Empecé a escribirlo con el objetivo fundamental de dejar constancia de esta experiencia exclusivamente para que mis hijos puedan recordarla en el futuro. Con lo escrito y los centenares de fotos acumuladas elaboraré un álbum que les regalaré como premio a su esfuerzo.

Elegimos hacer El Camino con ellos a esta edad porque hacerlo antes (desde Roncesvalles) nos parecía exagerado y hacerlo dentro de unos años quizá sea imposible si a ellos no les apetece. De hecho, en estos dos años los cambios han sido evidentes: son más fuertes, pero también más autónomos.

Lo que sí espero que hayan aprendido es que El Camino es una experiencia fabulosa, una metáfora de la vida: uno empieza, se las arregla como mejor puede en función de sus circunstancias, ayuda y es ayudado, conoce personas buenas y no tan buenas, conoce lugares y sobre todo, aprende que si se esfuerza consigue lo que quiere. No creo que haya que ser creyente para vivirlo intensamente, pero sí respetuoso y espiritualmente cristiano.

Por cierto, hace dos años parafraseé aquella sentencia de la serie de televisión Fama, diciendo que buscábamos (el Pórtico de) la Gloria... pues no pudimos verlo. Ahora hay que pagar. En fin, cada uno hace negocio como puede, como ya hemos podido comprobar en todo El Camino, pero nos quedamos con el recuerdo de la buena gente que hemos conocido y nos ha atendido tan bien.

Una última cosa: no sé si tendrán que pasar otros diecisiete años, pero me gustaría volver a hacerlo una vez más, con Bego, andando también, en primavera o en otoño, pero de una sola vez y, sobre todo, sin conocer la fecha de llegada, como en la vida.

domingo, 21 de julio de 2013

Etapa 28: Melide - Pedrouzo (32 km.)

Hito del km. 50
Tras la noche más movida (valga la triste redundancia) de toda esta fase de El Camino, hacemos las mochilas y a las 6:20 nos ponemos en marcha. Encontramos más gente de la deseable, aparte de los peregrinos, del mismo tipo que cuando dejamos Burgos (borrachos, vamos). El primer objetivo, una vez que abandonamos las calles de Melide y nos quedamos sin luz, es encontrar el hito de los 50 kilómetros, no sea que me toque volver hacia atrás cuando encontremos el 49. Bien pronto coincidimos con la madre francesa y su hijo. En pocos minutos encontramos el hito y lo fotografiamos con la ayuda del flash. Como casi todo los demás, tiene sus grafitis y sus piedrecitas encima.

Puente sobre el río Iso
La de hoy va a ser una etapa dura, de cerca de 33 kilómetros. Y es que como nos fue imposible encontrar alojamiento en albergue privado en ninguna de las dos poblaciones previstas (Salceda o Santa Irene), tenemos que seguir un poco más allá; en concreto, hasta Pedrouzo. Los primeros kilómetros, como siempre, son frescos y alegres. Entre bosques y plantaciones llegamos al río Iso, que cruzamos por su puente medieval. Justo a continuación sellamos las credenciales  y continuamos camino hasta cubrir los primeros 12 kilómetros de esta etapa hasta Arzúa, población tremendamente estirada a lo largo de El Camino.

Nos llama la atención que a esas horas tan tempranas ya haya peregrinos que han cubierto su cupo diario. Buscamos el bar anunciado, situado al lado de la Iglesia y una pastelería, para desayunar. Y la verdad es que no merece la pena en absoluto, pero es lo que hay. Cuando entramos en la Iglesia para verla y sellar la credencial, nos llevamos la grata sorpresa de que un grupo numeroso y creciente de feligreses reza el rosario.

Como en Arzúa se inicia realmente la penúltima etapa oficial de El Camino, se puede decir que en este preciso momento hemos acortado un día la duración total, de forma que la última etapa volverá a ser la oficial. Aunque el tiempo acompaña, el recorrido sigue siendo un continuo subir y bajar. Atravesamos pequeñas aldeas y bosques, plantaciones de todo tipo, prados, cruzamos alguna carretera, ríos y riachuelos, contabilizamos la población de babosas... y cada vez más cansados.

Fuente en Santa Irene
Cuando llegamos a Salceda, con la esperanza de encontrar dónde comer, resulta que los niños van por delante y no responden al teléfono, así que hay que seguir. No será hasta A Brea cuando encontremos el sitio idóneo para comer (en O Mesón). Es domingo y en el bar unos cuantos hombres conversan mientras toman algo antes de irse a casa a comer. Tras reponer fuerzas, retomamos El Camino. Solo quedan unos 6 kilómetros, pero ya hace calor. A la entrada de Santa Irene nos desviamos cruzando un pequeño túnel bajo la carretera para visitar la ermita y la fuente barroca que hay a la entrada, donde descansamos unos minutos. Al llegar a la carretera que sube hasta Pedrouzo, cuando más cansados estamos, nos surge la duda de cómo llegar al albergue. Supongo que podría estar más claro.

Pero como ha quedado demostrado, al final querer es poder. El refugio (Otero) es bastante normalito, sin nada que destacar. Nos instalamos, nos duchamos, lavamos la ropa, que se acabará secando sin problemas. Luego nos tomamos unos merecidos refrescos en un bar del pueblo. Para cenar intentamos que nos atiendan, sin éxito, en la zona de restaurantes, así que acabamos alejándonos hasta encontrar un sitio más tranquilo. Allí nos ofrecen un menú aceptable, que disfrutamos especialmente recordando al chipirón de Molinaseca, episodios de Los Simpsons y Futurama. A pesar del calor del día, por la tarde empieza a refrescar y casi se agradece volver al refugio. A medida que nos acercamos a Santiago de Compostela y los peregrinos verdaderos se funden con los peregrinos turistas (siento decirlo tan claro, pero es así), la costumbre (norma) de apagar las luces a una hora se relaja cada vez más... en todo caso, cerca de las once ya no hay ruidos.

sábado, 20 de julio de 2013

Etapa 27: Ventas de Narón - Melide (28 km.)

Tras una noche sin sobresaltos, apartes de los ataques premeditados a Bego de los mosquitos del lugar, repetimos la rutina matutina y a las 6:25 ya estamos en medio de la oscuridad, con una linterna de risa, que al menos no gasta pilas. Y una vez más, niebla. Pero la verdad es que El Camino no tiene pérdida.

Base del crucero de Lameiros
Pronto alcanzamos Ligonde, a cuya entrada se encuentra el precioso crucero de Lameiros. Merece la pena contemplar los lados de su base, que representan objetos alusivos todos al calvario y la muerte de Jesucristo, y la parte superior, de doble cara, con Jesús crucificado y la Virgen de los Dolores, uno a cada lado. En el pueblo también pasamos por la Casa de Carneiro, donde se al parecer se alojaron Carlos V y Felipe II, en momentos diferentes, camino de tomar barcos para ser coronado el primero y casarse el segundo.

En el pueblecito de Airexe desayunamos en una cafetería que encontramos frente al albergue. A la salida coincidimos con una extensa familia de mi pueblo natal y corredores ellos. Conversamos durante unos minutos y finalmente nos separamos definitivamente, pues la distancia media que recorren al día es muy inferior a la nuestra. La temperatura es excelente para caminar y el trazado sigue invariable: subir y bajar constantemente, rodeados de vegetación por todas partes. Vamos tan entretenidos que se nos pasan el mojón de los 70 kilómetros unos 300 metros y tengo que retroceder para no dejar la colección coja.

Dejamos a un lado el desvío a Vilar de Donas, que algún día habrá que visitar. Y llegamos a Brea, donde recorremos un pequeño tramo por carretera. Desde aquí queda poco para llegar a Palas do Rei. Empezamos a encontrar grupos nutridos de escolares peregrinos. Podían estar en Benidorm o en la serranía de Cuenca, pero toca Camino de Santiago. Como muchos de ellos no siguen un ritmo constante, nos adelantan y les adelantamos. Y como son muy educados y todos hemos venido a divertirnos nos exigen desearles "Buen Camino" cada vez que nos cruzamos. A cambio, una de cada dos palabras que pronuncian es un taco y van destrozando con palos la vegetación de los lados de El Camino.

Aunque nos apetece desayunar, se ve que la hora a la que cruzamos Palas do Rei no da pie a mucho más. Localizamos la pulpería que nos recomendaron hace unos días, pero no encontramos ni donde tomarnos un café. Nos limitamos a sellar la credencial en la iglesia de San Tirso. Nuestros niños siguen pasando de nosotros, ahora ya en bloque. El Camino sigue siendo muy agradable, y la temperatura buena porque el sol no aparece.

Atravesamos San Sebastián del Carballal, San Julián del Camino y Casanova. En un momento determinado encontramos a un padre y su hijo, parados. Parece que el niño no aguanta mucho más. Nos preguntan por la distancia al siguiente pueblo. Está claro que no han planificado bien la etapa. Le damos al chaval una barrita energética, que seguro que le vendrá bien. Quince minutos después llegamos al bar de la aldea de Campanilla. Dada la dispersión de casas, es imposible saber bien dónde estás hasta que llegas a un núcleo medianamente poblado o hasta que preguntas. La señora del bar, por cierto, es un encanto.

Cabazo
Los niños nos estaban esperando, pero tras reponer fuerzas y continuar andando, vuelven a demarrar y volvemos a perderlos de vista en pocos minutos. Va a haber que restringirles el cola-cao. De hecho pasan por Leboreiro sin prestarle atención al cabazo (el enorme canasto utilizado para almacenar maíz) que hay al borde mismo de El Camino, y mucho menos a la preciosa iglesia de Santa María, románico de transición, donde nos sella la credencial un cura la mar de simpático. Poco después cruzaremos el río Furelos para entrar en San Juan de Furelos.

San Roque (Melide)
Desde aquí ya no queda nada para llegar a Melide. Decidimos alojarnos en el céntrico albergue O Cruciero. La verdad es que el albergue está razonablemente preparado. De hecho nos ofrecen una habitación para cinco personas. Sin embargo, la valoración final será inevitablemente negativa. Tras asearnos, acudimos a tomar pulpo en Ezequiel, como hace diecisiete años. Como ya nos habían avisado, ya no se parece en nada, ni en calidad ni en cantidad. No es que comamos mal, pero no tiene nada que ver lo de entonces y lo de ahora. Personalmente salgo defraudado, a pesar del aviso. Volvemos al refugio para lavar la ropa y después vemos la etapa del Tour: Contador pierde la tercera plaza.

Por la tarde, además hacer algunas fotos y la rutinaria compra y preparación de la cena en el albergue, me doy un paseo para intentar localizar la ubicación del punto kilómetrico 50, que no nos quedaba claro si había quedado antes o estaba después del albergue. Está después: lo fotografiaremos mañana al poco de empezar.

Desgraciadamente por la noche comprobamos que es imposible abrir las ventanas para que entre el fresco de la noche porque el ruido no para durante toda la noche, porque es zona de copas. Lo que se traduce en calor. Aunque lo peor es que varias peregrinas deciden estar de charla hasta entrada la madrugada, saltándose la norma de guardar silencio, fumando en el interior del refugio, saltándose la ley que lo prohíbe. Afortunadamente para ellas yo no me enteré y mi mujer no me quiso despertar...

viernes, 19 de julio de 2013

Etapa 26: Barbadelo - Ventas de Narón (31 km.)

Una mañana más nos levantamos especialmente pronto (5:35), ya que la etapa no es precisamente liviana y hay que aprovechar el fresco de la mañana al máximo. Tras preparar las mochilas y las curas y protecciones en los pies diarias, nos ponemos en camino a las 6:25. Además de la hora, la niebla es considerable, así que la visibilidad es escasa. Nos acompaña a pocos metros la coreana que no habla. No es la primera peregrina oriental que vemos con iluminación trasera... debe ser costumbre, demasiada casualidad.

La primera parada que realizamos es para desayunar, en un barecito de Morgade. Nos atiende un joven bastante (excesivamente, es más acertado) serio. Como hemos confirmado que es más que recomendable en estas etapas finales sellar al menos dos veces en cada etapa, la fiebre del sello nos hace echar cuentas y planificar: nos podemos permitir hasta cinco al día. Y con este planteamiento añadimos hasta el sello de lo que parece una especie de comuna hippie que nos encontramos en los primeros kilómetros. Después compartimos varios kilómetros con una pareja madre-hija que va a buen ritmo, nos separamos al detenernos a poner otro sello en el bar de Vilachá y no volveremos a encontrarnos ya.

Km. 100
Los niños siguen por delante, pero nos reagrupamos antes del famoso mojón de los 100 kilómetros, lleno de pedruscos, andrajos y pintarrajos (perdón, piedras, recuerdos y grafitis). Nos reencontramos con la coreana, que resulta que habla, aunque solo unas palabras: photo, press here, please y thank you. Nosotros aprovechamos el trípode para hacernos también una bonita foto familiar. A partir de aquí empezará la búsqueda y captura de los mojones kilométricos múltiplos de diez. Toda esta parte de El Camino es un constante disfrute de paisajes campestres, entre bosques de castaños y robles, sobre todo. Haberla hecho en bici en 1996 nos privó de semejante disfrute y de paso nos quedó una idea equivocada. Sin embargo, ahora nos parece que es de las partes más hermosas de todas las que hemos recorrido.

San Nicolás (Portomarín)
Tras cruzar el embalse de Belesar llegamos a Portomarín, donde decidimos darnos un respiro visitando su curiosa iglesia fortaleza de San Nicolás. Esta iglesia y la de San Pedro fueron trasladadas desde su emplazamiento original antes de quedar inundado el núcleo de población bajo las aguas del pantano. Además de sellar la credencial, reponemos fuerzas. Ya de vuelta pedimos permiso para que nuestra pequeña use el servicio (no nos atreveríamos a pedirlo para nosotros) y nos echan la charla de que es solo para clientes y que si compramos la coca-cola en el supermercado y bla, bla, bla... ¿qué coca-cola? ¿qué supermercado? Lamentable, con una niña y en El Camino de Santiago. Bar Supenedo. Tranquilo, que no molestaremos nunca más.

Hórreo en Toxibo
Son las 11:30 de la mañana cuando reemprendemos camino hacia Gonzar. Cruzamos el puente sobre el Rego das Torres. Ya empieza a apretar el calor y empezamos con una fuerte subida (monte San Antonio), pero afortunadamente predominan las sombras. Eso sí, ni pizca de agua. Un par de peregrinas ven mejor idea subir ¡por la carretera! y luego se sorprenden de que hayamos llegado al mismo tiempo. En Toxibo no hay demasiado que ver, salvo un bien cuidado hórreo de piedra y madera. Los tramos de sol se alternan con tramos de sombra que se agradecen infinitamente.

Cuando llegamos a Gónzar nos faltan dos unidades. Afortunadamente (para ellos) han parado al final del pueblo. De lo contrario habrían tenido que comer raíces porque era Gónzar es el único lugar donde parar a comer antes de llegar al destino. El menú de Casa García resulta aceptable y el trato excelente. Algo menos cansados y pertrechados de agua afrontamos los calores y cuestas de los últimos cinco kilómetros de esta larga y dura etapa.

Llegamos por fin a Ventas de Narón, donde nos alojamos en el albergue privado Cruceiro. Nos ofrecen una habitación para ocho o diez peregrinos, pero finalmente la ocupamos nosotros solos. La tarde transcurre según la rutina habitual: lavamos (la ropa se seca enseguida, gracias al calor y el viento), cenamos (sin pena ni gloria) en el bar del albergue y la única curiosidad que nos saca del la rutina son los mugidos de una vaca, que da la impresión de que duerme en la habitación de al lado. Afortunadamente, la vaca se tranquiliza antes de apagar la luz y podemos dormir de un tirón.

jueves, 18 de julio de 2013

Etapa 25: Triacastela - Barbadelo (23 km.)

¿No era el 18 de julio el día del Alzamiento Nacional? Pues perdón por la reseña histórica (hay cosas que a uno le obligaron a aprender y se han quedado por ahí dentro para siempre) y la peregrina asociación de palabras, pero es que a las 5:35 nos alzamos con el objetivo de llegar a Barbadelo, cuatro kilómetros y medio más allá del final de etapa oficial, que es Sarria. Es la primera etapa en la que incrementamos el recorrido habitual. Es debido a que queremos recortar un día para poder pasar un día tranquilos en Santiago de Compostela. Por tanto, tampoco será la última etapa en la que hacemos más kilómetros de los previstos a priori.

Aunque fue ayer cuando salimos de O Cebreiro, se nos antoja que es ahora cuando estamos de verdad en Galicia; desde hoy el recorrido cambia y es verdaderamente diferente a todo lo visto hasta ahora: prados, bosques de castaños, robles, hayas, etc. Ayer reservamos alojamiento en el refugio "A Casa de Carmen" de Barbadelo para poder ir tranquilos y disfrutar, por ejemplo, de Portomarín.

Lo que sigue sin cambiar es la necesidad de recorrer más de once kilómetros para poder tomar un café. Primero encontramos una máquina de refrescos que al menos nos permite darle un Aquarius al enfermo. Luego toca ponerle mala cara a un perro agresivillo. Sigue una fuente un poco fuera de tono. Y poco después alcanzamos el puerto de Riocabo, desde donde vemos la evidente manta de niebla que a buen seguro cubre El Camino a su paso por Samos. Por San Xil hay muchos tramos en que se camina encajonado entre frondosos árboles. Se trata de ese típico paisaje de bosque en el que con algo de mal tiempo hace recordar los cuentos de meigas y bruixas... 

Finalmente llegamos al bar de Furela, donde por fin podemos tomarnos un café y un zumo. El único requisito es no haber tomado las de Villadiego, como han hecho los chavales. Seguimos haciendo conocidos a fuerza de encontrarnos una y otra vez con los mismos peregrinos. Al tiempo, intentamos poner sellos en todos los sitios posibles, para llegar a Santiago con la segunda credencial rebosante. El de hoy ha sido un día prolífico en este sentido.

Escalinata en Sarria
Llegamos a Sarria, pueblo de cierta entidad, donde compramos comida y desayuno de subsistencia, como siempre, pensando en cenar en el albergue. Aprovechamos también que hay cajeros. El calor se nos echa encima y el tramo hasta Barbadelo, con numerosas subidas, se hace duro. Empezamos con la escalinata que sube hacia los albergues de la Rúa Mayor. Superamos la Prisión Preventiva, a cuyo lado hay un hermoso crucero. De allí se llega al convento de la Magdalena, que dejamos a nuestra derecha y bajamos hasta un río que cruzamos gracias el Ponte Áspera, del que es imposible disfrutar porque está abarrotado de vegetación. Cruzamos bajo un viaducto y llega otro ascenso entre castaños hasta As Paredes. A partir de aquí el único problema es la incertidumbre de la ubicación de nuestro albergue, que unido al calor y el cansancio, acaba desanimando a la tropa.

Lo primero que llama la atención del albergue es que probablemente es el mejor acondicionado de todos los que hemos visto. La acogida inicial es un tanto fría, pero después de ducharnos, comer, lavar la ropa y pasar la tarde descansando en un lugar tan agradable, la impresión cambia radicalmente tras la cena. Aparte de un menú de calidad para cenar, la conversación con el alberguero resulta de lo más edificante y didáctica. Por si fuera poco, a la hora de pagar, cuando pido que añada la tortilla y el agua que ha tomado mi hijo (sigue mal del estómago) me responde que no se le cobra nada a un peregrino enfermo. Reconforta ver que se puede llevar bien un negocio y mimar al peregrino.

La noche es algo calurosa y aunque somos pocos y no hay ronquidos, algún perro nos fastidia el sueño con sus ladridos antes de la hora prevista  para un nuevo "alzamiento".

miércoles, 17 de julio de 2013

Etapa 24: O Cebreiro - Triacastela (21 km.)

Es esta una de las etapas más cortas de El Camino. Quizá para recuperar fuerzas tras el notable esfuerzo de la anterior. Nos permitimos el lujo de levantarnos a las 5:45 y preparamos las mochilas con tranquilidad. Hemos decidido desayunar en el mismo O Cebreiro: el clásico café o cola-cao, según la edad, con tostadas.

Escultura de peregrino
La vista del valle era más clara ayer, pero se agradece a esta temprana hora. Hace algo de viento, lo que provoca una sensación térmica de frío; sin embargo, las cuestas de los primeros kilómetros acaban haciendo desaparecer esa sensación. Hacia el km. 4, en el alto de San Roque, nos encontramos una bonita escultura de bronce de un peregrino avanzando contra el viento.

Iglesia de San Juán
Atravesamos los pueblecitos de Hospital da Condesa y Padornelo, antes de llegar al pie del fuerte repecho que asciende hasta el Alto del Poio, lugar elegido por multitud de peregrinos y algún que otro turista para desayunar. Para qué negarlo, es una sorpresa: suele ser difícil encontrar donde desayunar. Seguimos El Camino hasta la localidad de Fonfría, en busca de un bar en el que nos han dicho que sirven unas deliciosas tortillas. Comprobamos que no le queda tortilla, pero sí una rica empanada que nos hace olvidar la tortilla.

También en este pueblo, como aventuraba la guía, aparece de improviso una señora que ofrece filhoas a los peregrinos, con ese extraño sistema de fijación de precios hipócritamente llamado a veces "la voluntad". Digo hipócritamente porque en realidad la señora espera una cantidad determinada, no lo que voluntariamente uno cree que debe dar.

A partir de aquí y hasta el final de la etapa El Camino es un descenso prácticamente continuo en el que se atraviesan pequeños pueblos, O Biduedo, Filloval y Ramil, casi todos ellos con fuente, algo que se echa de menos demasiadas veces.

Mucho antes que en otras etapas, llegamos al destino. Tras un primer intento de alojarnos en el albergue municipal, decidimos hacerlo en uno privado. Concretamente en el Aitznea, guiados por los buenos comentarios que hemos encontrado en los foros. Y así es, un albergue sencillo, pero al que no le falta nada. Incluso, dado que somos cinco, nos asignan una habitación pequeña, para seis, lo que es de agradecer. La sexta plaza se la asignan a una coreana que ni hace ruido ni ocupa lugar. Y por si fuera poco, comprobamos que come... ¡sopa de espinacas de sobre traída desde su tierra! Tal vez sea como la poción de Astérix y Obélix y por eso se la trae de tan lejos.

Iglesia de Santiago
Nos adecentamos tranquilamente y nos vamos a comer al restaurante que hay más arriba en la misma calle. Comemos en la terraza, rodeados de ciclistas, peregrinos y algunos currantes del lugar. El menú es excelente. Por la tarde damos un primer paseo para visitar y sellar las credenciales en la Iglesia de Santiago. Después hacemos la compra de rigor. Como el albergue está bien acondicionado, nos permite cocinar, así que la cena consistirá en tortellini y fruta. Y como nos hemos olvidado algún que otro cargador y hay mucha demanda, también aprovechamos para comprar un segundo cargador megauniversal que resulta que carga casi cualquier cosa, que es lo que necesitamos (IPhone, IPod, cámara, Kindle...). Si buscamos algo asi por Internet, igual no lo encontramos.

Antes de irnos a descansar, nos damos un paseo para reconocer el trazado de El Camino en sus primeros metros, ya que desde aquí hay dos alternativas: vía Samos, que es la que hicimos en bicicleta en su día, y la que llaman de San Xil, que es la que elegimos esta vez. A la vuelta del paseo tenemos una interesante conversación con el alberguero sobre el espíritu con que entendemos que debería realizarse El Camino. Mientras tanto, Alex deja claro que tiene una pequeña gastroenteritis. Más tarde que otros días, a las 10:30, nos vamos a la cama.

martes, 16 de julio de 2013

Etapa 23: Villafranca del Bierzo - O Cebreiro (28 km.)

Suena el reloj a las 5:30. Como en las fases anteriores, hemos ido adelantando la hora de levantarnos hasta llegar a esta insana hora, tope en todo caso. En esta etapa hay una razón para hacerlo, y es que el número de plazas del albergue en O Cebreiro es relativamente bajo. Lamentablemente hay que hacer algo que me parece absolutamente contrario al espíritu de la peregrinación: darse prisa. Pero vamos con tres niños y no nos gustaría que nos hagan hacer kilómetros adicionales tras una etapa tan dura. Y a punto estamos...

Viaducto de la autovía A-6
La mañana nace fresca, pero no fría. Dejamos Villafranca del Bierzo por la ruta habitual (la que sigue la antigua carretera nacional VI). Las calles, como ya hemos comentado más de una vez, están vacías de lugareños. Si ves a alguien, es un peregrino casi con total seguridad. El valle que recorremos, creado por el río Valcarce, es bastante cerrado, y en él conviven carretera y Camino, cruzando por encima de ambos varios viaductos de la moderna autovía A-6. Tras los primeros kilómetros se alternan el arcén (protegido con una barrera de bloques de cemento) y preciosos tramos boscosos de gigantescos castaños y árboles de ribera.

Madera en Trabadelo
A la hora de haber empezado y al final de unos de esos tramos arbolados alcanzamos la localidad de Pereje. Esta localidad y la siguiente al menos parecen encajonadas entre El Camino y la antigua nacional. Además, se intuye que su principal fuente de ingresos sea la madera, a juzgar por la maquinaria que encontramos y los apilamientos de troncos y madera cortada que vamos encontrando. El siguiente pueblo es Trabadelo; es buen para momento para desayunar, cosa que hacemos en el bar del albergue.

Según he leido, lo estrecho de esta valle facilitó al señor feudal de turno cobrar un peaje a los peregrinos. Es decir, extorsión pura y dura, concretamente a la altura de Portela de Valcarce. El rey Alfonso VI tuvo que poner orden y no le debió resultar fácil. Sinvergüenzas siempre ha habido, los hay y siempre los habrá. Lo que sigue es una sucesión de localidades (Ambasmestas, Vega de Portela -la que goza claramente de mayor actividad-, Ruitelán) en las que El Camino apenas asciende. Después vendrá Las Herrerías (nombre nada metafórico: llegó a haber cuatro), desde donde nos desviamos al barrio de Hospital (que recibe el nombre de un antiguo hospital para peregrinos ingleses creado por algún miembro de los Plantagenet). En este lugar rellenamos cantimplora, antes de comenzar el ascenso a O Cebreiro.

Como en una etapa ciclista, los niños aprovechan el parón para escaparse. Las primeras rampas son suaves y aprieto el paso, como buen escalador. Hay un momento en que ya no veo peregrinos... y es que me he pasado el desvío hacia La Faba. Afortunadamente desde atrás me avisan a tiempo. Entramos en un camino bastante sombreado que enseguida se pone cuesta arriba. Pocas bicis se atreven, y o paran a menudo o se bajan y empujan. Al llegar a La Faba me confirman que los niños van por delante, que ya empezaba a dudarlo. Desde aquí empieza una nueva rampa hasta Laguna de Castilla, el último pueblo de Castilla y León. Dos kilómetros después ya estamos en Galicia, en la provincia de Lugo, la primera de las dos que atraviesa El Camino en esta última comunidad.

Palloza en O Cebreiro
El albergue de O Cebreiro es moderno, pero su capacidad es escasa. Se ve que es mejor aprovechar el espacio para crear una especie de pueblo chulo para turistas (con tiendas de souvenirs, etc.) Cuando llegamos nos dan cinco de las últimas plazas. Es mucha la gente que no se puede alojar y tiene que buscarse una alternativa. Lo que molesta especialmente es que dejan alojarse a varios ciclistas (que podían tirarse cuesta abajo y alcanzar tres albergues en media hora) y rechazan a multitud de peregrinos a pie.

Después de la ducha, decidimos comer en Carolo, el mismo sitio donde comimos tan gratamente, y con tan innovidable recuerdo, la primera vez que hicimos El Camino. Tomamos un menú excelente, nada ha cambiado. Y con un vino muy aceptable. De igual forma, las cantidades, como entonces, no dan pie a decir que te has quedado con hambre a ningún ser normal.

De vuelta al albergue lavamos la ropa (me sé de dos que básicamente ponen buena intención, pero sin grandes resultados); después intentamos usar la secadora, que se queda con nuestra dinero sin dar nada a cambio. Y por si fuera poco, después vienen la lucha por encontrar sitio en algún colgador y los malabarismos para colgar diecinueve prendas con nueve pinzas y unos cuantos imperdibles.

Realizamos la compra de la cena en el palloza-supermarket montada al efecto para el servicio de los peregrinos y algún que otro turista. Más tarde, debidamente pertrechados nos dirigimos al comedor, precioso él, pero sin un cubierto, sin un vaso, sin un... ello explica que la madre francesa y su hijo se estuvieran comiendo los fideos con las manos.

Cada vez me gustan menos los albergues con salas enormes, como esta. Y nuevamente conseguir cargar la batería del móvil es misión complicada. Pero nada es imposible y las rayitas aparecen finalmente. Como de costumbre, a las 10:00 ya estamos en posición horizontal.